Una tarde de verano de 1931 una adolescente de 19 años, Hanna Reitsch, se acercó a la escuela de planeadores de Grunau, a cargo del famoso piloto Wolf Hirst, con el fin de aprender a volar. El vuelo a vela nació en Alemania y se desarrolló como consecuencia de las limitaciones impuestas a la aviación por el tratado de Versalles al fin de la Primera Guerra Mundial. Las autoridades de las naciones vencedoras permitieron este deporte porque no violaba la letra del tratado, además de parecerles un sustituto inofensivo y divertido del verdadero vuelo a motor. Pagarían muy caro ese error. Cuando las restricciones para construir y volar aviones desaparecieron, muchos esperaron el fin del vuelo a vela; sin embargo, los planeadores siguieron evolucionando y se mantuvo el volovelismo como un deporte relativamente popular.
En los elementales planeadores de aquella época solo existía un puesto, el del alumno. La instrucción se daba en tierra y luego el aprendiz volaba pequeños trechos cerca del suelo para hacerse a los controles mientras era impulsado por la ladera de la montaña. Hanna, de cuerpo pequeñito y de carácter muy agradable, pronto ocupó el primer lugar entre los alumnos y fue invitada a probar las más avanzadas de las aeronaves de la escuela. Rápidamente batió el récord femenino de permanencia en el aire, con más de cinco horas.
Aventura en la montaña
Un poco después, paseando en una soleada mañana por la medieval ciudad de Hirschberg, enclavada entre cerros, Hanna se encontró con Wolf. El joven, muy entusiasmado, la invita a probar la más moderna adquisición del club, el planeador Grunau Baby. Minutos más tarde, vestida tan solo con una blusa liviana y pollera, Hanna se encontraba sentada en los controles de la aeronave mientras era remolcada por Wolf desde un biplano.
Dejemos que ella nos cuente: “Me liberé del remolque sintiéndome muy confiada; al hallar ascenso comencé a dar vueltas en círculo, el variómetro primero marcaba 1 metro de ascenso por segundo, luego 2 y luego 3; cada momento ascendía más rápido. Por arriba mío vi una monstruosa nube negra. Alcancé los mil metros de altura, instantes después los mil doscientos. La nube me tragaba sin poder escapar y me vi sumergida en su negrura… Todavía no tenía miedo. Pero ¿me estaría llevando la nube hacia los picos del monte Riesergenbirge?”
“Ya tenía mil ochocientos metros y la montaña solo mil setecientos; seguí subiendo y nada pude hacer para evitarlo… La cabina comenzaba a congelarse, la palanca y los pedales también… tres mil cuatrocientos metros, tres mil seiscientos… Para poder ver hacia fuera rompí una parte de la cabina, pero ahora entraba la lluvia y el hielo. Mis manos desnudas se pusieron azules y ya no podía sentirlas. Mi pelo se congelaba. Ya no trataba de forzar los controles y solo confiaba en la estabilidad natural del avión.”
“Después de largo tiempo de terror comencé a sentirme más liviana. Al mirar hacia arriba, en vez de cielo vi la tierra. Automáticamente enderecé el planeador y descendí siguiendo la blanca ladera del monte, donde se deslizaban unos esquiadores. Al costado del hotel había una porción de terreno relativamente llano. Saqué los aerofrenos y aterricé suavemente al lado del restaurante del hotel. Los huéspedes no podían salir de su asombro.”
En este vuelo Hanna batió, involuntariamente, el récord mundial de altura en vuelo sin motor.
Sudamérica, allá vamos
Por esta hazaña fue invitada a la misión que, dirigida por el meteorólogo Walter Giorgii, llevaría los adelantos logrados en el vuelo a vela a Brasil y Argentina. El 17 de marzo de 1934 llegaron a Buenos Aires Hanna Reitsch, Wolf Hirth, Walter Giorgii, Heini Dittmar y Peter Riedel. Traían consigo cinco tipos de planeadores, bautizados como Fafnir, Moazagolt, Cristian, Cóndor y Grunau Baby. De este último dejaron planos a partir de los cuales se fabricaron en Argentina, bajo licencia, más de 200. Muchos de estos aún están en vuelo.
Las acrobacias y “locuras” del grupo electrizaron al país, sacudiendo la modorra de la siesta de los fraudulentos y autoritarios años 30. Peter Riedel, tras volar 7 horas sobre Buenos Aires y alrededores, aterrizó en la plaza frente a la terminal de trenes de Retiro, a la vista de miles de sorprendidos porteños que regresaban a su casa. Wolf Hirth realizó en Palomar 74 loopings seguidos, descendiendo un poco mareado. Hanna, al mando del planeador Cristian, realizó vuelos de larga duración que le valieron la Medalla Internacional de Plata.
En aquellos años, la sociedad todavía trataba a la mujer como a un eterno menor, que debía ser protegido y controlado. Tal era la pacatería reinante que cuando una dama de la aristocracia, Victoria Ocampo, salió de su casa conduciendo un auto, algo nunca antes visto, el escándalo fue gigantesco. El efecto que causó en la población ver a la veinteañera Hanna, vistiendo pantalones y campera de cuero, cruzar los cielos en aviones sin motor fue inmenso. Numerosas mujeres la imitaron ingresando a las academias de vuelo, aunque varias de estas fueron después cediendo a las presiones familiares y abandonaron.
Los principales objetivos del viaje eran fomentar el vuelo a vela e investigar las condiciones para esta actividad en América del Sur. Walter Giorgii, considerado con toda justicia un sabio, dio una importante conferencia en la Facultad de Ingeniería, revolucionando el estudio de la meteorología y la aerodinámica. Regresaría a la Argentina luego de la guerra para radicarse en Mendoza y ejercer la docencia en la Facultad de Cuyo. Fue un hombre muy querido y uno de los más grandes meteorólogos del mundo. Allí diseñó numerosos sistemas para combatir el granizo, que causaba enormes destrozos en los viñedos y, por consiguiente, en la economía de la región. La misión dejó el país el 13 de abril de 1934 y su influencia en el vuelo deportivo argentino fue tan enorme que aún hoy se siente.